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Centro de Rehabilitación para Enfermos de Alcoholismo, Drogadicción y Problemas Emocionales "San Rafael" con Grupo de A.A. y E.P.A.V. (escuela para aprender a vivir) Bulevar de Las Primaveras #265, Fracc. Prados Verdes, C.P. 58110 Morelia Michoacán, México.


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Informe

CENTRO DE REHABILITACIÓN "SAN RAFAEL" Es una institución de servicio social, NO LUCRATIVO, creada con la responsabilidad de coadyuvar con las autoridades encargadas de cuidar la salud de nuestra sociedad; y dar atención al grave problema social que mutila y discapacita a cientos de de miles de personas de todas las edades y ambos sexos y es la causa de graves problemas en el entorno social y es considerada como la causa número uno de la DESINTEGRACIÓN FAMILIAR: LAS ADICCIONES EN GENERAL. Para cumplir con el objetivo o FIN SUPREMO aprovechamos los TRES LEGADOS del programa de ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS Y ADICTOS ANÓNIMOS cuyos principios de sanación y superación son de origen ESPIRITUAL.

domingo, 20 de julio de 2014

Querido hermano:
Perdona que distraiga tu atención y que te suplique una limosna de CINCO MINUTOS, pero en los últimos años he aprendido que la mejor manera de mantener y acrecentar mi sobriedad es compartiéndola con otros, y es ese motivo que me impulsa a formar estas líneas.
Durante veinte años yo estuve aliado a la botella
En un principio posiblemente  como bebedor social usando el trago de vez en cuando, cuando la ocasión lo ameritaba. Más tarde, como bebedor fuerte, con más frecuencia y más intensidad, abusando  de mi indiscutible capacidad asimilativa.
No tenía problemas con el alcohol. Pero… un día, no sé cuándo ni porque, crucé esa línea invisible que separa al “bebedor normal”  (social o fuerte), del “bebedor problema” o “Alcohólico”. Y, aunque  yo me negaba a  reconocerlo, empezaron a surgir problemas, en lo económico, en lo físico, en lo moral, en mi capacidad para trabajar, en mis relaciones de familia, en mi convivir con la sociedad, en mis responsabilidades, en mis valores espirituales. Pero yo, torpemente, con ese ego inflado que caracteriza a los alcohólicos como yo y que les hace  vivir en un mundo  de egocentrismo, seguí creyendo que era el bebedor social, elegante y genial.
Todo el mundo se daba cuenta de lo “cuesta abajo” que yo iba, toda el mundo… menos yo. Yo no me daba cuenta de que estaba bebiendo COMPULSIVAMENTE. Una obsesión  mental y una compulsión física me empujaban a seguir bebiendo. Yo que durante una prolongada época de mi vida de borracho no concebía beber solo, ya estaba bebiendo solo, sin más compañía que una compulsión superior a mis fuerzas… Yo, que no concebía beber por la mañana, ya estaba bebiendo al despuntar el alba.
Pero yo seguía creyéndome el bebedor social y simpático, pregonando que el día que yo tuviese problemas con la botella pondría en juego mi fuerza de voluntad.. ¡y al diablo con la copa!
Y llegó ese momento. Fue una madrugada, como a las cuatro, en mi hogar. Me sorprendí en el comedor, tembloroso y con los nervios destrozados, buscando una botella para tomar un trago… ¡Un trago que me exigía el cuerpo! ¡Me lo serví… y me tomé! Inmediatamente surgió algo que yo llame “casualidad”, pero que hoy llamo DIOS. Fue un  momento de lucidez, como un rayo de claridad mental, que me permitió  reconocer  que aquello no era normal. Que no era normal que un hombre  como yo, que desde chico ha sido un defensor incansable de libertad, se viera esclavo de una botella de ron. Reconocí que “algo malo”  había  en mi relación con la botella, y decidí poner en juego mi “fuerza de voluntad”, en la cual creía  yo como cree el tahúr en el as de espadas escondido en la manga del saco, y el cual, en hábil escamoteo, surge para salvar la situación; como cree el entrenador de un equipo de futbol en su “jugador estrella”, que aguarda en la banca su indicación para entrar a la cancha y buscar el triunfo.
Salí temprano, en la mañana con la banderita y el himno de mi “fuerza de voluntad”, cantándome el estribillo de “¿Una botella dominarme a mí?… ¿A mi…? ¡Bag! Para eso está mi gran fuerza de voluntad. ¡Se acabó!... ¡No bebo más en mi vida!”
Había caminado cuatro cuadras, cuando vi una de las cantinas que yo solía frecuentar, pero no renuncié a mi firme resolución de NO BEBER MÁS; sencillamente, hice una pequeña enmienda en esa resolución y me dije: “Me voy a  tomar una… para los nervios… y ya está…”.
¡Y me la tomé!
Solamente Dios y yo sabemos lo que sufrí en los ocho meses que siguieron  a ese trago “pa´los nervios”. Al verme impotente para luchar contra el alcohol, perdi toda fuente de fe, de ambición, de esperanza… y seguí bebiendo porque ya no podía parar, considerándome el mas infeliz, el más vicioso y el más degenerado de los hombres: con temor a todo y a nada, y utilizando esa forma lenta de suicidio a la que recurren quienes no tienen el valor de cortarse las venas o pegarse un tiro.
Y llegué a la antesala del manicomio… ¡Al delirium tremens!
¡Todo había fallado!… La medicina, la religión, los sufrimientos de mi madre, las lágrimas de mi esposa, las miradas tan significativas de mis hijos, los consejos de mis amigos, las advertencias de mis jefes y mi tan traída y llevada fuerza de voluntad...
¡Estaba derrotado¡… Fulminantemente derrotado… e impotente en la derrota.
Conocí a unos hombres y mujeres  que suman su fe, su esperanza, su  fortaleza y sus experiencias para mantenerse alejados de la copa… Nada me cobraron. Nada me pidieron. Nada me dijeron de MI CASO. Ellos hablaron de ellos, de lo que ellos habían sufrido en su alcoholismo activo, de lo que ellos habían pasado, de las experiencias de ellos… Y de cómo  cada quien había llegado a su fondo… Y tal parece que cada cual tiene su fondo…(el de algunos más macabro que el mío el de otros no tan doloroso como el fondo al cual llegué… pero su fondo).
Al contarme los episodios de sus  vidas, veía yo, en las de ellos, los episodios de la mía. Porque ellos también supieron del dormir a medias, del vómito amarillo y verde de la bilis, del nerviosismo cruel, del temor, de la ansiedad, de las amnesias… del dolor… de la perdida de las naturales ambiciones… ¡De la derrota¡ Por primera vez en mi vida supe que yo no estaba solo. ¡Que éramos muchos lo que íbamos en la misma lancha¡.
Y, aunque escéptico y pesimista en exceso, fui a las primeras reuniones. No me cobraron nada. No tenía cuotas. Ni los que dirigían las reuniones cobraban honorarios, era simples servidores del grupo, puestos ahí periódicamente  por el grupo mismo. No tenían registros de miembros, ni pasaban lista. No exigían cantar himnos, ni arrodillarse, ni firmar juramentos, ni hacer promesas. TODO ERA SUGERIDO.
Aprendí muchas cosas. Dios me ayudó  a tener la mente receptiva. Aprendí que el alcoholismo es una enfermedad, que el alcohólico es un enfermo. Que alcohólico es todo aquel que se crea problemas en cualquier aspecto de su vida cuando entra en contacto con el alcohol. Que la enfermedad del alcoholismo es psicosomática. Afecta el cuerpo, la mente… y el alma.
Aprendí cual es la diferencia entre el bebedor social y el bebedor problemas (o alcoholico). Y como tenía que ser  honrado conmigo mismo, para mi propia salvación, reconocí que yo era un bebedor problema (o alcoholico).
Aprendí cuál es la diferencia entre abstinencia y SOBRIEDAD. Yo tuve periodos de abstinencia. Dejar de beber por un tiempo más o menos largo, traicionando nuestros íntimos deseos  de beber. Comprendí lo torturantes que son esos periodos. Es dejar de beber  con una botella bailándole a  uno un danzón en la cabeza. Supe que, por el contrario, la SOBRIEDAD, en el peculiar idioma de A.A., es ese inefable estado de claridad mental, estabilidad emocional y goce íntimo, en que se está SIN BEBER. ¡Y se es feliz estándolo!
Aprendí que la enfermedad del alcoholismo es progresiva, traje a mi memoria recuerdos de mi pasado y me fue fácil comprenderlo. En mi actividad alcohólica hice cosas que, tiempo atrás, yo juzgaba inconcebibles. Aprendí que la enfermedad del alcoholismo es insidiosa. Recordé mi vida pasada y lo comprendí en  seguida. Cuántas veces me dije: “No voy a beber”, y cuando me vine a dar cuenta-tal es la insidia con que trabaja esta enfermedad- ya tenía el trago en los labios, contra mis planes trazados, contra mi decisión hecha, contra mis mejores intenciones, contra mi fuerza de voluntad.
Aprendí que la enfermedad del alcoholismo es incurable. Nunca un alcohólico como yo podrá volver a ser un bebedor social. Pero aprendí también que la enfermedad se puede mantener arrestada, y ser uno normalmente feliz, mientras se mantenga uno alejado de la primera copa. por que ratifique ahí lo que ya yo sospechaba- una es demasiado… ¡-Y MIL NO BASTA!
Aprendí que el pasado es un cheque  cancelado y no debe ser, como era, motivo de tortura y preocupación en el presente. Aprendí que por más poder que yo tuviera, no podría retroceder mi pasado para arreglarlo a mi modo de hoy.(Y. efectivamente, hoy para mí el pasado es un  cheque cancelado que llevo en mi cartera y que de vez en cuanto, lo miro en forma positiva, para mi salvación).
Aprendí que el futuro no debe preocuparme demasiado, puesto que yo no sé  si voy  a amanecer vivo mañana. En resumidas cuentas… Aprendí que yo no puedo secar mi ropa con el sol de ayer, porque ése ya se fue, y que no puedo secarla con el sol de mañana, porque ése no ha salido todavía.
Aprendí que, poniendo todo mi empeño, mi fortaleza, mi fe y mi esperanza en las VEINTICUATRO HORAS DE HOY… ¡HOY ESTARÉ  SOBRIO! : Ese plan sencillo de las veinticuatro horas fue para mí de ayuda vital.
Me entusiasmó ver que A.A. no es una liga de temperancia, ni una religión ni una entidad reformista. En A.A. Todo el mundo habla bien del ron, que es el lubrícate social por excelencia para quienes pueden tomarlo sin crearse problemas: como el azúcar que es buena a pasto pero no para aquellos que padecen diabetes. Comprendí la importancia (la necesidad) de asistir a las reuniones. Esa terapia grupal funciona. Para mí es como la estación de gasolina en la encrucijada del camino, en la cual lleno mi tanque de sobriedad; es el laboratorio de ensayo en la más franca y simpática camaradería, en el cual, a tono con un sencillo programa sugerido de Doce Pasos, voy tratando mejorar mi personalidad y mi vida, bregando con migo mismo y tratando de progresar en los renglones de la humanidad,  la comprensión, la tolerancia y el amor de los unos a los otros, porque A.A. no es solamente dejar de beber, es mucho, más. Es una nueva forma de vida. Es un empeño constante de acercamiento a un Poder Superior, tal como cada quien lo concibe.
Te agradezco infinitamente el tiempo que me regalaste este día.


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