Querido hermano:
Perdona que distraiga tu atención y que te
suplique una limosna de CINCO MINUTOS, pero en los últimos años he aprendido
que la mejor manera de mantener y acrecentar mi sobriedad es compartiéndola con
otros, y es ese motivo que me impulsa a formar estas líneas.
Durante
veinte años yo estuve aliado a la botella
En un principio posiblemente como bebedor social usando el trago de vez en
cuando, cuando la ocasión lo ameritaba. Más tarde, como bebedor fuerte, con más
frecuencia y más intensidad, abusando de
mi indiscutible capacidad asimilativa.
No tenía problemas con el alcohol. Pero… un día,
no sé cuándo ni porque, crucé esa línea invisible que separa al “bebedor normal” (social o fuerte), del “bebedor problema” o “Alcohólico”.
Y, aunque yo me negaba a reconocerlo, empezaron a surgir problemas, en
lo económico, en lo físico, en lo moral, en mi capacidad para trabajar, en mis
relaciones de familia, en mi convivir con la sociedad, en mis
responsabilidades, en mis valores espirituales. Pero yo, torpemente, con ese
ego inflado que caracteriza a los alcohólicos como yo y que les hace vivir en un mundo de egocentrismo, seguí creyendo que era el
bebedor social, elegante y genial.
Todo
el mundo se daba cuenta de lo “cuesta abajo” que yo iba, toda el mundo… menos
yo. Yo no me daba cuenta de
que estaba bebiendo COMPULSIVAMENTE. Una obsesión mental y una compulsión física me empujaban a
seguir bebiendo. Yo que durante una prolongada época de mi vida de borracho no
concebía beber solo, ya estaba bebiendo
solo, sin más compañía que una compulsión superior a mis fuerzas… Yo, que
no concebía beber por la mañana, ya estaba bebiendo al despuntar el alba.
Pero yo seguía creyéndome el bebedor social
y simpático, pregonando que el día que yo tuviese problemas con la botella pondría en juego mi fuerza de voluntad.. ¡y
al diablo con la copa!
Y llegó ese momento. Fue una madrugada, como
a las cuatro, en mi hogar. Me sorprendí en el comedor, tembloroso y con los
nervios destrozados, buscando una botella para tomar un trago… ¡Un trago que me
exigía el cuerpo! ¡Me lo serví… y me tomé! Inmediatamente surgió algo que yo
llame “casualidad”, pero que hoy llamo DIOS. Fue un momento de lucidez, como un rayo de claridad
mental, que me permitió reconocer que aquello no era normal. Que no era normal
que un hombre como yo, que desde chico
ha sido un defensor incansable de
libertad, se viera esclavo de una botella de ron. Reconocí que “algo
malo” había en mi relación con la botella, y decidí poner
en juego mi “fuerza de voluntad”, en
la cual creía yo como cree el tahúr en
el as de espadas escondido en la manga del saco, y el cual, en hábil escamoteo,
surge para salvar la situación; como cree el entrenador de un equipo de futbol
en su “jugador estrella”, que aguarda en la banca su indicación para entrar a
la cancha y buscar el triunfo.
Salí temprano, en la mañana con la banderita
y el himno de mi “fuerza de voluntad”, cantándome el estribillo de “¿Una
botella dominarme a mí?… ¿A mi…? ¡Bag! Para eso está mi gran fuerza de
voluntad. ¡Se acabó!... ¡No bebo más en mi vida!”
Había caminado cuatro cuadras, cuando vi una
de las cantinas que yo solía frecuentar, pero no renuncié a mi firme resolución
de NO BEBER MÁS; sencillamente, hice una pequeña enmienda en esa resolución y
me dije: “Me voy a tomar una… para los
nervios… y ya está…”.
¡Y
me la tomé!
Solamente Dios y yo sabemos lo que sufrí en
los ocho meses que siguieron a ese trago
“pa´los nervios”. Al verme impotente para luchar contra el alcohol, perdi toda
fuente de fe, de ambición, de esperanza… y seguí bebiendo porque ya no podía
parar, considerándome el mas infeliz, el más vicioso y el más degenerado de los
hombres: con temor a todo y a nada, y
utilizando esa forma lenta de suicidio a la que recurren quienes no tienen el
valor de cortarse las venas o pegarse un tiro.
Y
llegué a la antesala del manicomio… ¡Al delirium tremens!
¡Todo
había fallado!… La
medicina, la religión, los sufrimientos de mi madre, las lágrimas de mi esposa,
las miradas tan significativas de mis hijos, los consejos de mis amigos, las
advertencias de mis jefes y mi tan traída y llevada fuerza de voluntad...
¡Estaba derrotado¡… Fulminantemente
derrotado… e impotente en la derrota.
Conocí a unos hombres y mujeres que suman su fe, su esperanza, su fortaleza y sus experiencias para mantenerse
alejados de la copa… Nada me cobraron. Nada me pidieron. Nada me dijeron de MI
CASO. Ellos hablaron de ellos, de lo que ellos habían sufrido en su alcoholismo
activo, de lo que ellos habían pasado, de las experiencias de ellos… Y de
cómo cada quien había llegado a su
fondo… Y tal parece que cada cual tiene su fondo…(el de algunos más macabro que
el mío el de otros no tan doloroso como el fondo al cual llegué… pero su
fondo).
Al contarme los episodios de sus vidas, veía yo, en las de ellos, los episodios
de la mía. Porque ellos también supieron
del dormir a medias, del vómito amarillo y verde de la bilis, del nerviosismo
cruel, del temor, de la ansiedad, de las amnesias… del dolor… de la perdida de
las naturales ambiciones… ¡De la derrota¡ Por primera vez en mi vida supe
que yo no estaba solo. ¡Que éramos muchos lo que íbamos en la misma lancha¡.
Y, aunque escéptico y pesimista en exceso,
fui a las primeras reuniones. No me cobraron nada. No tenía cuotas. Ni los que
dirigían las reuniones cobraban honorarios, era simples servidores del grupo,
puestos ahí periódicamente por el grupo
mismo. No tenían registros de miembros, ni pasaban lista. No exigían cantar
himnos, ni arrodillarse, ni firmar juramentos, ni hacer promesas. TODO ERA
SUGERIDO.
Aprendí muchas cosas. Dios me ayudó a tener la mente receptiva. Aprendí que el alcoholismo es una
enfermedad, que el alcohólico es un enfermo. Que alcohólico es todo aquel
que se crea problemas en cualquier aspecto de su vida cuando entra en contacto
con el alcohol. Que la enfermedad del
alcoholismo es psicosomática. Afecta el cuerpo, la mente… y el alma.
Aprendí cual es la diferencia entre el
bebedor social y el bebedor problemas (o alcoholico). Y como tenía que ser honrado conmigo mismo, para mi propia
salvación, reconocí que yo era un bebedor problema (o alcoholico).
Aprendí cuál es la diferencia entre
abstinencia y SOBRIEDAD. Yo tuve periodos de abstinencia. Dejar de beber por un
tiempo más o menos largo, traicionando nuestros íntimos deseos de beber. Comprendí lo torturantes que son esos periodos. Es dejar de beber con una botella bailándole a uno un danzón en la cabeza. Supe que, por
el contrario, la SOBRIEDAD, en el peculiar idioma de A.A., es ese inefable
estado de claridad mental, estabilidad emocional y goce íntimo, en que se está SIN
BEBER. ¡Y se es feliz estándolo!
Aprendí
que la enfermedad del alcoholismo es progresiva, traje a mi memoria recuerdos de mi pasado
y me fue fácil comprenderlo. En mi actividad alcohólica hice cosas que, tiempo
atrás, yo juzgaba inconcebibles. Aprendí
que la enfermedad del alcoholismo es insidiosa. Recordé mi vida pasada y lo
comprendí en seguida. Cuántas veces me
dije: “No voy a beber”, y cuando me vine a dar cuenta-tal es la insidia con que
trabaja esta enfermedad- ya tenía el trago en los labios, contra mis planes
trazados, contra mi decisión hecha, contra mis mejores intenciones, contra mi
fuerza de voluntad.
Aprendí
que la enfermedad del alcoholismo es incurable. Nunca un alcohólico como yo
podrá volver a ser un bebedor social. Pero aprendí también que la enfermedad se puede mantener arrestada, y
ser uno normalmente feliz, mientras se mantenga uno alejado de la primera copa.
por que ratifique ahí lo que ya yo sospechaba- una es demasiado… ¡-Y MIL NO
BASTA!
Aprendí
que el pasado es un cheque cancelado y
no debe ser, como era, motivo de tortura y preocupación en el presente. Aprendí que por más poder que yo tuviera,
no podría retroceder mi pasado para arreglarlo a mi modo de hoy.(Y.
efectivamente, hoy para mí el pasado es un
cheque cancelado que llevo en mi cartera y que de vez en cuanto, lo miro
en forma positiva, para mi salvación).
Aprendí
que el futuro no debe preocuparme demasiado, puesto que yo no sé si voy
a amanecer vivo mañana. En resumidas cuentas… Aprendí que yo no puedo secar mi ropa con el sol
de ayer, porque ése ya se fue, y que no puedo secarla con el sol de mañana,
porque ése no ha salido todavía.
Aprendí que, poniendo todo mi empeño, mi
fortaleza, mi fe y mi esperanza en las VEINTICUATRO HORAS DE HOY… ¡HOY
ESTARÉ SOBRIO! : Ese plan sencillo de
las veinticuatro horas fue para mí de ayuda vital.
Me entusiasmó ver que A.A. no es una liga de
temperancia, ni una religión ni una entidad reformista. En A.A. Todo el mundo
habla bien del ron, que es el lubrícate social por excelencia para quienes
pueden tomarlo sin crearse problemas: como el azúcar que es buena a pasto pero
no para aquellos que padecen diabetes. Comprendí la importancia (la necesidad)
de asistir a las reuniones. Esa terapia grupal funciona. Para mí es como la
estación de gasolina en la encrucijada del camino, en la cual lleno mi tanque
de sobriedad; es el laboratorio de ensayo en la más franca y simpática camaradería,
en el cual, a tono con un sencillo programa sugerido de Doce Pasos, voy
tratando mejorar mi personalidad y mi vida, bregando con migo mismo y tratando de
progresar en los renglones de la humanidad,
la comprensión, la tolerancia y el amor de los unos a los otros, porque
A.A. no es solamente dejar de beber, es mucho, más. Es una nueva forma de vida.
Es un empeño constante de acercamiento a un Poder Superior, tal como cada quien
lo concibe.
Te agradezco infinitamente el tiempo que me
regalaste este día.